Siempre he creído que la música se hace con y para amigos, o que al menos es una de las herramientas más potentes para construir indisolubles lazos de amistad y complicidad con otras personas. Creo además en la sinceridad de la música, por lo que encuentro importante y necesaria la fricción como prueba de humanidad y realismo en un mundo que exige que todo sea correcto, fluido, perfecto, limpio, puro y diáfano. Es por esto que presento este manifiesto, por el respeto y amor a la música en la que creo, pero principalmente porque si no lo hago me van a estallar los oídos y el nudo en la garganta nunca más me va a dejar tararear una canción.
Respecto al gusto de hacer música con y para amigos, las dinámicas actuales donde los músicos ya no se toman un tinto sino una selfie (porque es clave generar contenido que alimente los insaciables seguidores de las redes sociales que a su vez generarán miles de likes para alimentar la existencia y el ego de quien posteó la foto), donde cualquier tipo de encuentro termina no con un abrazo apretado sino con un protocolo transaccional corporativo donde se intercambian favores para que “tu me prestes tu público y yo te preste el mío”, han hecho del proceso de creación musical un lánguido retrato de la sociedad actual: frio, corporativo y superfluo. Bajo esta perspectiva nada es real. Muchos músicos gastan más tiempo en sus redes sociales que en estudiar su instrumento, en hacer música. Hay empresas que inflan las redes sociales con likes de “bots” para que músicos tengan un endorsement de una marca de cuerdas para guitarra. Muchas “colaboraciones” de diversos artistas se cobran en miles de dólares, con un plazo específico para recuperar la inversión y unos acuerdos canivalescos donde las canciones no son de quien las escribe sino de quien pone la marca. En este contexto los músicos nos vemos obligados a producir a un ritmo frenético, por lo que ya no queda tiempo para el reposo, la relectura, la reinvención… las fórmulas probadas priman sobre la creatividad. El objetivo es producir nuevo material a un mayor ritmo, porque la gente no da espera y si te tardas más de dos años en sacar nuevo material estás obsoleto. Esto me lleva a preguntarme ¿En verdad los músicos del siglo XXI debemos entrar en esas dinámicas corporativas e hiperproductivas privándonos de lo maravilloso que resulta compartir música con otras personas? ¿Cuánto debemos apostar los músicos por seguidores intangibles, imaginarios y/o inexistentes a cambio de realizar el ejercicio básico de hacer música? ¿Es necesario sacrificar la música por procesos productivos insanos y agobiantes?
Mientras leo de nuevo este escrito desde el comienzo (me encanta leer y releer todo lo que escribo y por eso padezco de uno de los más graves pecados del siglo XXI: la lentitud en la producción) me imagino percibido por los lectores como un enemigo de las redes sociales y de las plataformas de música en streaming, un amargado resentido y afligido por su propio fracaso. No me malinterpreten. Por más nostálgico que sea de las “pastas”, los cds y casettes, tendría que ser muy imbécil para ignorar la potencia de las herramientas tecnológicas para artistas emergentes y sobre todo la democratización de recursos que ellas ofrecen. Confieso que los “playlists” me resultan intragables (al escucharlas me siento como si me comiera un plato de frijol con un pote de arequipe), por lo que prefiero los discos que cuentan historias en vez de escuchar sencillos de 3:30 científicamente diseñados para que los oyentes no se cansen y puedan empezar rápidamente un nuevo proceso de consumo. Sin embargo, la idea de que alguien de cualquier parte del mundo potencialmente tenga acceso a mi música resulta como mínimo atractiva. En definitiva, la molestia no es contra las herramientas tecnológicas, es contra la forma en que estas han copado y condicionado cada milímetro de movimiento de los artistas, hasta el punto de que ahora no se sabe qué es más importante, si el artista o el comunity mánager. Buscar el equilibrio debería ser la clave, pero el problema es que en este momento no hay claridad respecto a cuáles son las prioridades.
Pasando a la necesidad de la fricción en la música, es absurdo cómo diferentes estereotipos estéticos, no contentos con joderle la cabeza a media humanidad con el asunto del cuerpo, llegan a moldear lo que debería ser la música. Primero, esta debe ser generada por “humanoides” que no respiran, que no hacen ruido cuando el dedo toca la cuerda, no generan ningún tipo de ruido porque no se mueven cuando graban, por supuesto no desafinan… En resumen, música hecha por semidioses para humanos que esperan de sus referentes la perfección, nada que les genere fricción o que les recuerde que efectivamente no somos perfectos. Para “tapar” esa parte humana existen herramientas de producción que limpian la grabación, dejan la nota en el tiempo y altura perfecta, de hecho, si quieres te reemplazan el sonido de tu instrumento, porque el real no suena bien. Como en los procesos de producción se tienen estas herramientas, algunos músicos ya no se esfuerzan por estudiar, por llegar a la nota o caer en el tiempo preciso porque al final “eso se puede editar”, pero eso si, lo que no puede faltar es la respectiva selfie en el estudio mientras graban. Ha sido maravilloso ver cómo desde los 90 la tecnología permitió que productores caseros empezaran a presentar propuestas de bajo presupuesto con resultados aceptables (de nuevo la democratización de recursos debido al avance tecnológico), pero a mi juicio hoy la balanza se quebró y en muchos estudios de grabación hay más ingenieros que músicos, por lo que los productos musicales tienen más ingeniería que música. Así mismo, siguiendo con la idea de la fricción, el músico del siglo XXI debe ser políticamente correcto, porque en estos tiempos (y países) los músicos están para divertir y no para pensar… no hay cabida para la reflexión, para la crítica. Si alguien intenta alzar su voz, denunciar y posicionarse políticamente está en el lugar equivocado y pasa a ser enemigo de medio país superficialmente radicalizado. Estas ideas me traen nuevas preguntas, como por ejemplo ¿Hasta donde la música debe dejarse encasillar por estereotipos estéticos que terminan castigando a los intérpretes y compositores? ¿Qué uso debo dar como productor e ingeniero a las herramientas tecnológicas, de tal forma que la música siga viva y desafiante? ¿En verdad es necesario que abordemos la música solo desde un enfoque de entretenimiento y nos guardemos para nosotros las dudas, inconformidades y miedos, sin derecho a disentir y reflexionar acerca de la mierda del mundo que se cuela por todas partes?
Considerando estas preguntas, dejo aquí algunos postulados que espero respetar en mi ejercicio de músico, ingeniero y productor.
- Antes de la selfie el café.
- Antes de postear estudiar.
- Antes de editar intentar.
- Antes de callar gritar.
- Antes de tranzar abrazar.
- Antes de tocar pensar.
- Antes de producir sentir.
Gracias a quienes llegaron hasta este punto del escrito… imagino que lo debí sacar en módicas cuotas de 280 caracteres para que fuera más digerible…
El que quiera firmar abajo y ampliar estos primeros 7 puntos, bienvenido.
Luis Fernando Hermida.